SU SABER-HACER

Acariciar las barricas, bajo la larga nave de la bodega de primer año, en las que reposa el fruto de una cosecha y de múltiples y sucesivas transmisiones. Encontrar, en el contacto con la madera, los gestos que dan vida a los grandes vinos de Kirwan. Dosificar el movimiento, ajustar la mano, medir su alcance y saber el momento exacto en el que hay que efectuar el gesto adecuado.

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Todo empieza en el viñedo, en el trabajo de la tierra: emparrados, clareos y deshojes que terminan con la vendimia, también manual por supuesto, cuando se recoge la fruta en su punto justo de madurez. Racimos, luego uvas que pasan una y otra vez por las manos expertas de los clasificadores para reunirse, lote a lote, en la sala de cubas. Allí empieza el trabajo no menos minucioso de la fermentación. Esta etapa, puntuada por las catas diarias que determinarán el número y la duración de los remontados, puede necesitar hasta 25 días.

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Los vinos de la propiedad no se fabrican sino que nacen de una interpretación gestada en la viña y ejecutada con mimo a lo largo de todas las etapas de la vinificación. El ensamblaje, labor que precisa de una gran paciencia y experiencia, es obra del enólogo Éric Boissenot, de Philippe Delfaut, director general de la propiedad, y de Rodrigo Laytte, su director técnico. Los vinos en proceso pasan después a las barricas de la bodega de crianza, con un 50 % de madera nueva, donde permanecerán 20 meses, solo turbados por las tradicionales operaciones de clarificación con clara de huevo y de trasiego a la luz de la vela.

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